El profesor
estaba sentado en el corredor de la vieja casa. Vestía un piyama a rayas
marrones y calzaba unas finas zapatillas que le habla traído un ex-alumno luego
de un viaje al extranjero. El Profesor gozaba de ese descanso que decretaba
para sí mismo y que lo llevaba al pueblo del cual sin ser nativo era hijo
dilecto. Habla terminado la hora del mate y ahora le tocaba la de la lectura de
«La Prensa» de Buenos Aires, diario que recibía con relativo atraso que nada
significaba para él, pues no buscaba las últimas noticias sino los sesudos
comentarios editoriales y alguna crónica social.
El Profesor
se habla recibido de abogado hada muchos años y había ejercido durante algunos
años la cátedra de Derechos Reales sin singular éxito, circunstancia que lo
movió a retirarse prudentemente antes de que lo retiraran luego de cualquier
asonada. Pero el hecho la había valido el título de profesor que había
suplantado oportunamente al de doctor en la carrera de los honores jurídicos.
Padre de una
familia no muy numerosa para la época -cinco hijos, cuatro mujeres y un varón-
habla adquirido por su propia mediocridad, por guardar silencio muy
oportunamente y por recordar algunos latínazgos y sentencias jurídicas en el
momento oportuno, «M fama de patriarca del Derecho, sobre todo en su pueblo de
adopción, donde se transformaba en una especie de figura mayestática muy
diferente a la que tenía en la Capital.
El reloj dio
la seis de la tarde. El había sido uno de los contribuyentes para la adquisición
de ese reloj que desde la torre de la iglesia era el indisimulado orgullo de la
parroquia. Los pesados pasos del cura resonaron en la acera. El cura era de
origen vasco, fornido y sanguíneo, que gustaba del buen vino y de la buena
mesa. Cuando el Profesor estaba en el pueblo no dejaba de visitarlo
puntualmente al dar la seis de la tarde.
-¿Cómo le
tiene el calor, Profesor?
Lo
cacofónico de la pregunta no inmutó al Profesor, quien respondió al saludo.
-Si a mis
años no me he acostumbrado, creo que ya nunca me acostumbraré a él, padre. Por
favor siéntese.
El cura
usaba un amplio guardapolvos de color amarillento que suplantaba la sotana
cuando el calor arreciaba. Se sentó con agilidad a pesar de lo voluminoso de su
cuerpo. Suspiró y sacando un cigarro de las profundidades de un bolsillo
comenzó el rito de encenderlo trabajosamente.
-¿Qué
novedades trae la prensa?
-Lo de
siempre. Los diarios no hacen más que hablar de la gran crisis mundial. Siguen
las quiebras espectaculares y los suicidios. La Liga de las Naciones es un»
bolsa de gatos y en Alemania las cosas están que no me gustan nada.
-Dios
ilumine a los hombres para que no vayamos a caer en la tentación de una
contienda como lo fuera la del 14 -suspiró el cura.
-Por favor,
padre. La paz mundial está asegurada por todo lo que resta del siglo. El
tratado de Versalles es una garantía a largo plazo. En cuanto al armamentismo,
usted que domina el latín sabe cuán cierto es aquello de si vis pacem, para
bellum...
-Pero no hay
que olvidar, mi querido amigo, que lo mismo se pensaba a principios de 1913 y
vino el disparo de Sarajevo y ardió Troya.
-Sí, lo
admito, pero las circunstancias eran otras.
Así
conversaban el profesor y cura hasta las seis y media, hora en que llegaba el
comisario, gran amigo y admirador del profesor, no así del cura, con quien
tenían a veces unos enfrentamientos a consecuencia de que la vida privada del
guardián del orden y la moralidad no era muy edificante. Con esta segunda
visita, Cristiana, la criada de la casa traía puntualmente una mesa de mimbre
con una bandeja que contenía cuatro vasitos y una botella de caña.
El Profesor
sirvió los vasos y con un gesto invitó a sus visitas a tomarlos. El comisario
dijo «¡Salud!» y lo vació de un trago, pasándose el revés de la mano por los
labios.
A esa hora
parecía que el atardecer estaba aún muy lejano. Pero era una sensación engañosa
porque de pronto un rápido crespúsculo traía la noche que caía como inesperada
sobre el pueblo y lo sumía en tinieblas.
El comisario
luego de haberse enjugado los labios, dio la novedad del día.
-La hija de
fia Casimira se escapó con el badulaque de Serafín.
-En eso
tenían que terminar -masculló el cura.
-No
prejuzgue, padre, usted que ejerce el ministerio divino. El amor es una fuerza
muy grande sobre todo en los jóvenes y usted ¿acaso no predica la doctrina del
amor?
-Pero ¡qué
amor ni qué ocho cuartos -respondió el cura con indignación! Otra palabra tiene
y no me ensuciaré los labios para pronunciarla. A la niñita esa la malcriaron
o, mejor, no la criaron y éste es el resultado. Dentro de un tiempo aparecerá
con la panza en la boca y comenzará así la serie de los hijos con diversos
padres, por supuesto, porque Serafín se jacta de acostarse solamente una vez
con una mujer y después la cambia.
-Es la
naturaleza, padre, es la naturaleza...
El comisario
sonrió sin intervenir. Le encantaban esas escenas en las cuales el Profesor
ponía contra las cuerdas al cura.
-Profesor,
lo que estos dos descocados han hecho constituye un pecado ante los ojos de
Dios y de los hombres y no mezcle usted a la naturaleza con el pecado, ¡porque
se acerca peligrosamente a la blasfemia!
La sirvienta
trajo la lámpara con pantalla de porcelana y la puso discretamente sobre la
mesa.
Esa breve interrupción
hizo que el Profesor pudiese contener su indignación creciente, pero sólo a
medidas:
-Más que un
pastor de almas parece ser usted una reedición de Torquemada, corregida y
aumentada!
-Calma,
calma, profesor, -intervino, conciliador, el comisario.
La respuesta
del cura quedó en el aire, al sonar las siete campanadas del reloj. Entonces,
poniendo en pie su robusta humanidad la hizo arrodillar, mirando hada la
iglesia y mientras las campanas tocaban a Angelus, luego de santiguarse musitó
las palabras rituales de la oración, mientras el Profesor y el comisario se
ponían respetuosamente de pie. Una persona más contempló la escena desde lejos:
era el juez de paz que acudía a la cita vespertina y a quien esperaba el cuarto
vaso.
Luego de los
saludos de rigor y de tomar asiento, el cura comentó:
-Ha llegado
usted oportunamente, señor juez, porque como dice el nombre del cargo que usted
ejerce, ha traído, accidentalmente, la paz. Usted y la oración del Angelus han
logrado el milagro de contener mi santa indignación.
-¿Qué ha pasado?
-Pues nada,
que el profesor me ha comparado con Torquemada...
-¿Y quién es
ese?
-Pues nada
menos que un gran inquisidor español, cristiano nuevo, cuyo apellido original
era Torre Quemada, de origen judío que se dio el lujo dé mandar a la hoguera a
centonares de sus antiguos correligionarios -explicó con violencia, el
Profesor.
En eso, vino
la muchacha a encender la lámpara. Había comenzado a obscurecer. Una suave
claridad iluminó el rostro de los contertulios, que callaron mientras duraba la
operación.
Cuando se
retiró la sirvienta, el cura se aclaró fuertemente la garganta:
-Creo,
Profesor, que usted me debe una explicación...
El Profesor,
antes de responder, llenó nuevamente los vasitos. Luego, con aire doctoral,
dijo:
-Estimado
padre, usted sabe perfectamente que yo respeto su investidura sacerdotal. Por
eso siento una profunda sorpresa ante el pedido de explicaciones de su parte,
siendo yo el agredido de palabra por usted.
-En qué
momentos, ¡coño!
-Usted me
trató de blasfemo ¿o no?
-Solamente y
como sacerdote le dije que tuviera cuidado de relacionar a la naturaleza con el
pecado, porque siendo la naturaleza obra de Dios, se infería que el pecado
también lo era.
-¿Y acaso no
lo es?
-¡Relapsus
es! -bramó el cura golpeando fuertemente la mesa de mimbre, tanto que la
lámpara perdió el equilibrio y cayó sobre la mesa derramando el kerosén sobre
el diario. Este ardió, con pasmosa velocidad y las llamaradas iluminaron la
escena con luz trágica, mientras que cuatro sombras trataban de apagar el
incendio que había abarcado la mesa, las sillas ayudado por un nuevo
combustible, el de la caña, que ardía con mayor fuerza aún hasta que hizo
explotar la botella.
Y en medio
de todo la voz del cura tronaba: «¡Relapsus es!» ¡Has blasfemado, inconsciente,
y éste es el primer castigo de Nuestro Señor!».
Y la voz
profunda e indignada del Profesor: «Cállese Torquemada de boquilla, que ahora
estará gozando con su elemento favorito!»
Y desde ese
atardecer, el cura jamás pisó la casa del profesor.
Publicado en la Revista del Pen Club del Paraguay, N° 3 del año 1979.
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sábado, 18 de abril de 2020
La blasfemia y Torquemada - José-Luis Appleyard
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