miércoles, 8 de abril de 2020

Guitarra de sembradores - Elvio Romero

Contorno y geografía de sueño y madera,

 tienes, guitarra, soles que encienden la garganta,
 ecos que condecoran la sangre con estruendo,
 el corazón con brazas.
 
 Cristal de miradores aflorando en el pecho
 vena de nuestra voz, terrón arrebatado,
 endurecida gota de arboledas sonoras
 de tórrido remanso.
 
 Tienes una armadura de forestal silencio
 y áridas bocanadas de áridos desiertos
 golpeándonos por dentro con sus sordos secretos
 de arpegios incendiados.

 Veo en las madrugadas duras manos que cogen
 tu cuerpo hasta apretarlo contra su cuerpo duro,
 desembocando en él para empezar el día
 con vértigo profundo

 Son como marejadas que llegan a ribera
 y extienden en responso sus olas mas feroces.
 Litoral de madera: tu caja es una orilla
 donde cantan los hombres.

  Dejan allí sus venas, su amor, de cara al viento,
 orlados por el sol que las raíces quema,
 mientras van arrojando semillas con las manos
 en las amargas tierras.

 Que tienen la epidermis soleada y te enamoran
 con áspera caricia, con raptos torrenciales,
 y te dejan sus nervios, su corazón, sus huesos,
 y su canto anhelante.

  Hace falta tocar, coger la mas profunda
fibra de hervor caliente o sol desparramado,
 para tener la boca ardiente y encendida
 y seguir caminando.

  Firmes manos te toman de la firme cintura,
 firmes manos de suave sudor de antigua sangre,
 con una vocación de acuchillar tristezas
 besando sus cordajes.

 Son hombres que perforan su pecho con tu caja
 para enterrarte en él como en rojo relámpago,
 hasta que allí te envuelva su cotidiana fiebre
 de sueño y de arrebato.
 Son hombres todos llenos de relente y boscaje
 cálices de la vida, generosos y fuertes,
 que cantan y te sientes y están amaneciendo,
 que gritan y te sienten.

  Toca, guitarra, plena, amanecida, toca
 la cuerda popular, la más caliente y densa,
 aunque rompa tu cuerpo sonoro su mensaje,
 su vibración tremenda.

  Y entonces cuando vistas ese ardiente ropaje
 de las cosas que tienen color de nuestros actos,
 pondré tu arquitectura de madera profunda
 sobre el pecho, cantando.

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