A Remberto
no le hizo mucha gracia que desapareciera en esos momentos cuando estábamos
llenos de compromisos los fines de semana. Le dije que busque una cantante
sustituta, pero mi compañero argumentó que la gente quería escucharme a mí y no
a otra. No me importaron sus quejas. Le pedí a Luisa que me guardara las cosas
de cierto valor y candadeé mi casita, con la inquietud de que la podían
saquear en mi ausencia.
Compré
algunos regalos para papá y para abuela y volví a casa en el servicio más
rápido del transporte hasta Asunción. Luego tomé otro ómnibus hasta Villa
Hayes.
Ya no volví
por el río, con la balsa.
En mi
ausencia habían construido un puente sobre el río Paraguay, a la altura de la
localidad de Remanso. Todo era nuevo para mí. Entramos a Villa Hayes por atrás,
desde Asunción. El colectivo ya no pasaba frente a la casita, sino lejos. Tenía
que caminar mucho con mis bultos para llegar al puerto. Por el camino, conseguí
un carretero que me ayudó con mis bolsos.
Cuando
llegué, el paisaje aún estaba igual.
Era cerca
del mediodía, y desde lejos pude adivinar a mi abuela en la cocina, haciendo
una de sus deliciosas comidas. El carretero apuró a su caballo, porque notó que
yo estaba ansiosa por arribar a mi destino.
Entré sin
hacer ruido. Dejé mis bolsones en la puerta y fui hasta el fondo buscando a mi
abuela. La abracé por detrás mientras lloraba emocionada. Ella no necesitó
darse vuelta para saber que era yo. La sentí pequeñita, encogida, entregada al
paso del tiempo.
Nos
abrazamos sin decir nada. Sólo nos abrazamos. Luego, me llevó de la mano hasta
la que era mi habitación y nos sentamos sobre la cama a llorar de alegría, por
el reencuentro.
Papá llegó
después, y se quedó sin palabras cuando me vio sentada en la mesa, almorzando
con mi abuela. *-Mbaeichapa che rajy? -me saludó y vi cómo le caían las
lágrimas.
Después de
mucho tiempo volví a sentirme feliz. Me quedé durante dos semanas. Abuela
estaba con problemas urinarios y me encargué de llevarla al médico y cuidarla
durante esos días. Papá se veía contento con mi presencia, dejando de hacer
algunas de sus tantas tareas para permanecer más tiempo con nosotras.
La huerta de
mi abuela estaba llena de hortalizas, limones, batatas y sandías pequeñas. La
casita estaba pintada de celeste claro y el río seguía allí, plateado y
hermoso como lo recordaba.
Casi no
hablamos de mi madre en todos esos días. Sí les conté de mis trabajos por la
mañana, las presentaciones nocturnas y mi casita en la villa. Claro, no les
dije que estaba ubicada en un sitio como ése, para no preocuparles. Fue muy
difícil volver a separarnos, pero creo que nos hizo muy bien a los tres ese
reencuentro. Papá me llenó de atenciones, y abuela no paraba de reír por
cualquier motivo. Nos volvimos a distanciar, pero esta vez la despedida fue
diferente.
*¿Qué tal mi
hija?
Publicado en Donde el rio me lleve (2012) de la Colección Biblioteca para jóneves.
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