jueves, 7 de mayo de 2020

Volví a mirar el río - Milia Gayoso Manzur

Convercé con mis dos patronas y les expliqué que necesitaba viajar a mi país, por unos días. Para una de las casas conseguí un reemplazo, una joven que vivía cerca de mi casita, en la villa. La otra señora dijo que ella ubicaría a una antigua empleada mientras yo regresaba. Ambas me aseguraron que mi lugar me esperaría.

A Remberto no le hizo mucha gracia que desapare­ciera en esos momentos cuando estábamos llenos de com­promisos los fines de semana. Le dije que busque una can­tante sustituta, pero mi compañero argumentó que la gente quería escucharme a mí y no a otra. No me importaron sus quejas. Le pedí a Luisa que me guardara las cosas de cierto valor y candadeé mi casita, con la inquietud de que la po­dían saquear en mi ausencia.

Compré algunos regalos para papá y para abuela y volví a casa en el servicio más rápido del transporte hasta Asunción. Luego tomé otro ómnibus hasta Villa Hayes.

Ya no volví por el río, con la balsa.

En mi ausencia habían construido un puente sobre el río Paraguay, a la altura de la localidad de Remanso. Todo era nuevo para mí. Entramos a Villa Hayes por atrás, desde Asunción. El colectivo ya no pasaba frente a la casita, sino lejos. Tenía que caminar mucho con mis bultos para llegar al puerto. Por el camino, conseguí un carretero que me ayudó con mis bolsos.

Cuando llegué, el paisaje aún estaba igual.

Era cerca del mediodía, y desde lejos pude adivinar a mi abuela en la cocina, haciendo una de sus deliciosas comidas. El carretero apuró a su caballo, porque notó que yo estaba ansiosa por arribar a mi destino.

Entré sin hacer ruido. Dejé mis bolsones en la puerta y fui hasta el fondo buscando a mi abuela. La abracé por detrás mientras lloraba emocionada. Ella no necesitó darse vuelta para saber que era yo. La sentí pequeñita, encogida, entregada al paso del tiempo.

Nos abrazamos sin decir nada. Sólo nos abrazamos. Luego, me llevó de la mano hasta la que era mi habitación y nos sentamos sobre la cama a llorar de alegría, por el reencuentro.

Papá llegó después, y se quedó sin palabras cuando me vio sentada en la mesa, almorzando con mi abuela. *-Mbaeichapa che rajy? -me saludó y vi cómo le caían las lágrimas.

Después de mucho tiempo volví a sentirme feliz. Me quedé durante dos semanas. Abuela estaba con problemas urinarios y me encargué de llevarla al médico y cuidarla durante esos días. Papá se veía contento con mi presencia, dejando de hacer algunas de sus tantas tareas para permanecer más tiempo con nosotras.

La huerta de mi abuela estaba llena de hortalizas, limones, batatas y sandías pequeñas. La casita estaba pinta­da de celeste claro y el río seguía allí, plateado y hermoso como lo recordaba.

Casi no hablamos de mi madre en todos esos días. Sí les conté de mis trabajos por la mañana, las presentaciones nocturnas y mi casita en la villa. Claro, no les dije que estaba ubicada en un sitio como ése, para no preocuparles. Fue muy difícil volver a separarnos, pero creo que nos hizo muy bien a los tres ese reencuentro. Papá me llenó de atenciones, y abuela no paraba de reír por cualquier mo­tivo. Nos volvimos a distanciar, pero esta vez la despedida fue diferente.

*¿Qué tal mi hija?

Publicado en Donde el rio me lleve (2012) de la Colección Biblioteca para jóneves.

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