lunes, 18 de mayo de 2020

Minero Sapukái


            La explotación de la yerba-mate descansa en la esclavitud, el tormento y el asesinato.

Rafael Barrett

En 1908, Rafael Barrett denunciaba con vigor y precisión, en su libelo titulado Lo que son los yerbales, la vergonzosa explotación y penurias de los mensú. Con este nombre eran conocidos los empleados de las empresas extractoras de yerba mate, entre ellas las Industrial Paraguaya y la Matte Larangeira, que los sometía a un régimen de vergonzosa servidumbre. Eran llamados mensú, como apócope de mensualeros, periodicidad de la remuneración que recibían. También se los conocía como mineros, de ahí el título del poema. Al sitio de la explotación yerbatera se lo llamaba mina y el peón minero. “La Cámara de Apelación paraguaya –dice Barrett- ha opinado que el yerbal es una mina. Esta designación terrible es más elocuente que todo. Sí: hay minas al aire y a la luz del sol. El hombre desaparece sepultado bajo la codicia del hombre.” (1)

Los mensú eran reclutados en distintos pueblos del país y regiones vecinas, se les adelantaba una suma determinada de dinero, que atizaba el interés del desgraciado, a quien hacían firmaban un contrato ante el Juez de Paz de esa comunidad, lo que constituía, sin exagerar, una verdadera condena a muerte. Entre las leoninas condiciones estaba la de no abandonar el obraje mientras existan deudas con la empresa (el adelanto devengaba intereses usuarios). Además, como tenían que proveerse de alimentos y ropas, de la misma empresa que los contrataba, a precios excesivos que no se compadecían de la pésima calidad de los productos, terminaban adeudándose cada vez más, pues el magro ingreso no alcanzaba a cubrir siquiera sus costos de subsistencia.

Como jamás terminaba de pagar sus deudas nunca podía librarse de ese yugo, de cargar fardos enormes, de hasta ochenta kilos, por la inmensidad de la selva que los devoraba, de soportar los azotes del capataz, las enfermedades, la fatiga y el mal sueño a causa de la humedad, los mosquitos y las serpientes que flagelaban el miserable campamento donde eran hacinados estos despojos humanos. Miles han muerto con padecimientos que hoy son difíciles de dimensionar. Los que escapaban eran cazados como presas y devueltos a su presidio cuando no asesinados impunemente.


Inútil era requerir auxilio de la autoridad, quien por el contrario estaba vendida a los explotadores, los jefes políticos o jueces de paz eran, en la práctica, empleados de la Industrial Paraguaya o de la Matte Larangeira, verdaderos cómplices de los capangas (llamados también habilitados) que iban tras el peón fugado procurando su captura, para someterle después a castigos peores o sencillamente, asesinarle a balazos, para que sirva de ejemplo. ¿Qué esperanza tenían de escapar unos hombres sin fuerzas, enfermos, casi sin vida? En la interminable selva nadie los ayudaría y un intento fallido de fuga era duramente expiado. Por eso la mayoría se resignaba a pasar sus dolorosos días en la mina, de dónde miles no han vuelto jamás. En la práctica la encomienda seguía vigente, pues, estas arcaicas técnicas de producción yerbatera tienen en efecto origen colonial, periodos en que los indios fueron diezmados a causa de esa labor, que constituía una de las actividades económicas principales del Paraguay, cuyos límites fueron alterados después de la Guerra contra la Triple Alianza, que dividió también los yerbales entre paraguayos, argentinos y brasileños.
Teodoro Mongelós en Minero Sapukái describe ese suplicio estoico de los mensú, quienes con gritos de aparente euforia buscan disipar las interminables horas de trabajo: Ayvu ha ãhóme anga ogueroja barbacuágui mborovire [con suspiros y ruidosamente se transportan del horno las hojas de yerba que han sido cocidas].

El barbacuá es un horno rudimentario de ladrillos y tierra roja, abundante en la zona, donde se cuecen las hojas de la yerba mate, traídas hasta ahí en pesados fardos(2) sobre las espaldas desnudas del mensú, recorriendo varios kilómetros. Estas hojas secadas y cocidas en dicho horno eran luego desmenuzadas en una especie de molino denominado cancheadora. Las hojas luego de triturarse pasaban a llamarse mboroviré, que es el producto semi-elaborado. Por último, se traslada el mboroviré al depósito para su estacionamiento.

Como los esclavos de las plantaciones de algodón, en los quebrachales, en los ingenios azucareros o en los bosques de extracción de caucho, los mineros tratan de sobrellevar ese castigo, que no saben a qué dios cruel atribuir, no con el desahogo del llanto sino a gritos, con variados y musicales gritos, canciones en guaraní o simplemente entonando sonidos sin significación alguna pero con mucha fuerza vital: 
sapukái ña hendu opáichagua ha purahéi ava ñe’ê [se escuchan gritos diversos y canciones en guaraní]

Todo el poema se centra en el alivio ruidoso de los mensú, cuyas exclamaciones se pierden en la selva y rompen el silencio: 
Kane’õ ara puku, ku ayvúpe o mbohasa [la fatiga del largo día es disipada con el bullicio]. Quizás haya sido una manera de no pensar, de evadirse de falsas ilusiones y abandonarse a los caprichos del destino.

Al final de la tercera estrofa del poema, Teodoro Mongelós desliza una ironía:  
Ka’atygua no momba’éi ro’y, no ñandúiri pe kane’ô [los peones de la selva no acusan el frío, ni sienten cansancio]. Y no es que estos desgraciados hayan sido inmunes a las adversidades climáticas y a la fatiga, por alguna extraña fortaleza física o espiritual. Mal vestidos como estaban, con harapos, recibían de lleno los rayos de nuestro inclemente sol subtropical tanto como el cortante viendo de las riberas del Paraná, que tajeaban la piel, y para soportar catorce o dieciséis horas de trabajo, poco ayudaba quejarse; se les hacía cuesta arriba la jornada y había que quitar fuerzas de cualquier cosa o de lo único que tenían, su aliento. El grito que compartido era una forma de solidaridad, de socorro.

La jornada en la selva es larga, y lo hacen más larga aún los padecimientos repetidos. 
Hi’ári kuéra opáva kuarahy, ha ayvúpe omba’apo [el sol se pone tras sus espaldas mientras ruidosamente siguen trabajando]

La musicalidad de Minero Sapukái se extiende hasta sus últimos versos que son los más sublimes: 
sapukáipe ñaimo’a hi’âhóva mombyry [pareciera que al gritar arrojan un suspiro a lo lejos]. El poeta aporta una metáfora preciosa donde el suspiro se transforma en grito que se arroja, que se aleja del cuerpo extenuado y del alma oprimida, como una forma de rechazar o disolver todo el dolor que les invade y exhalar así las obstinadas penas, y finalmente, para buscar también de esa manera la libertad, que saben y sienten cada vez más distante.

Texto completo del poema Minero Sapukái (1941), de Teodoro S. Mongelós(3):

            I
Pete ĩ ko’êtimbávo
Che keguýpe ahendu
Koichaite o sapukáirõ
Ka’atýpe mboriahu.

II
Pipu... pipu... pipu... uihahahaha...!
Pipu... pipu... néike... guapo lo mitã
Pipu... pipu... néike... guapo lo mitã
Pipu.. néike.... haihahahaha...!

III
Ayvu ha ãhóme anga ogueroja
Barbacuágui mborovire
Sapukái ña hendu opáichagua
Ha purahéi ava ñe’ê.

IV
Kane’ õ ara puku
Ku ayvúpe o mbohasa.
Ka’atygua no momba’éi ro’y
No ñandúiri pe kane’ô.
           
V
Hi’ári kuéra opáva kuarahy
Ha ayvúpe omba’apo
Sapukáipe ñaimo’a
Hi’âhóva mombyry.

Referencias:

1)   Lo que son los yerbales, publicado en Rafael Barrett - Obras Completas II, RP Ediciones, Asunción – Paraguay, Año 1988, p. 14
2) Estos atados de hojas de yerba eran también conocidos con el nombre de raído.
3)   Extraído del libro Teodoro S. Mongelós – La pluma nunca acallada, de Daniel Torales, editorial Servilibro, Asunción – Paraguay, Año 2009, p. 159.

domingo, 17 de mayo de 2020

Un puñado de tierra - Herib Campos Cervera


Un puñado de tierra                                
de tu profunda latitud;                 
de tu nivel de soledad perenne;                             
de tu frente de greda                   
cargada de sollozos germinales.              
               
Un puñado de tierra,                    
con el cariño simple de sus sales                             
y su desamparada dulzura de raíces.                     
               
Un puñado de tierra que lleve entre sus labios                 
la sonrisa y la sangre de tus muertos.   
               
Un puñado de tierra                      
para arrimar a su encendido número                    
todo el frío que viene del tiempo de morir.                        
               
Y algún resto de sombra de tu lenta arboleda                   
para que me custodie los párpados de sueño.
               
Quise de ti tu noche de azahares;                           
quise tu meridiano caliente y forestal;                  
quise los alimentos minerales que pueblan                        
los duros litorales de tu cuerpo enterrado,                        
y quise la madera de tu pecho.
Eso quise de ti                  
(Patria de mi alegría y de mi duelo)                       
eso quise de ti.                
               
II
               
Ahora estoy de nuevo desnudo.                             
Desnudo y desolado      
sobre un acantilado de recuerdos;                         
perdido entre recodos de tinieblas.                       
Desnudo y desolado;                    
lejos del firme símbolo de tu sangre.                     
Lejos.
               
No tengo ya el remoto jazmín de tus estrellas,                 
ni el asedio nocturno de tus selvas.                       
Nada: ni tus días de guitarra y cuchillos,                              
ni la desmemoriada claridad de tu cielo.                              
               
Sólo como una piedra o como un grito  
te nombro y, cuando busco                       
volver a la estatura de tu nombre,                         
sé que la Piedra es piedra y que el Agua del río                 
huye de tu abrumada cintura y que los pájaros                
usan el alto amparo del árbol humillado
como un derrumbadero de su canto y sus alas.                
               
III
               
Pero así, caminando, bajo nubes distintas;                         
sobre los fabricados perfiles de otros pueblos,                 
de golpe, te recobro.                    
               
Por entre soledades invencibles,
o por ciegos caminos de música y trigales,                          
descubro que te extiendes largamente a mi lado,                            
con tu martirizada corona y con tu limpio                           
recuerdo de guaranias y naranjos.                         
               
Estás en mí: caminas con mis pasos,                 
hablas por mi garganta; te yergues en mi cal                     
y mueres, cuando muero, cada noche.                 
               
Estás en mí con todas tus banderas;                      
con tus honestas manos labradoras                       
y tu pequeña luna irremediable.             
               
Inevitablemente                            
-con la puntual constancia de las constelaciones-,                          
vienen a mí, presentes y telúricas:                         
tu cabellera torrencial de lluvias;                            
tu nostalgia marítima y tu inmensa        
pesadumbre de llanuras sedientas.                       
               
Me habitas y te habito:                
sumergido en tus llagas,                              
yo vigilo tu frente que, muriendo, amanece.                     
               
Estoy en paz contigo;    
ni los cuervos ni el odio               
me pueden cercenar de tu cintura:                        
yo sé que estoy llevando tu Raíz y tu Suma                        
sobre la Cordillera de mis hombros.                      
Un puñado de tierra:     
Eso quise de ti                  
y eso tengo de ti.


Publicado en Ceniza redimida (1950)

jueves, 7 de mayo de 2020

Volví a mirar el río - Milia Gayoso Manzur

Convercé con mis dos patronas y les expliqué que necesitaba viajar a mi país, por unos días. Para una de las casas conseguí un reemplazo, una joven que vivía cerca de mi casita, en la villa. La otra señora dijo que ella ubicaría a una antigua empleada mientras yo regresaba. Ambas me aseguraron que mi lugar me esperaría.

A Remberto no le hizo mucha gracia que desapare­ciera en esos momentos cuando estábamos llenos de com­promisos los fines de semana. Le dije que busque una can­tante sustituta, pero mi compañero argumentó que la gente quería escucharme a mí y no a otra. No me importaron sus quejas. Le pedí a Luisa que me guardara las cosas de cierto valor y candadeé mi casita, con la inquietud de que la po­dían saquear en mi ausencia.

Compré algunos regalos para papá y para abuela y volví a casa en el servicio más rápido del transporte hasta Asunción. Luego tomé otro ómnibus hasta Villa Hayes.

Ya no volví por el río, con la balsa.

En mi ausencia habían construido un puente sobre el río Paraguay, a la altura de la localidad de Remanso. Todo era nuevo para mí. Entramos a Villa Hayes por atrás, desde Asunción. El colectivo ya no pasaba frente a la casita, sino lejos. Tenía que caminar mucho con mis bultos para llegar al puerto. Por el camino, conseguí un carretero que me ayudó con mis bolsos.

Cuando llegué, el paisaje aún estaba igual.

Era cerca del mediodía, y desde lejos pude adivinar a mi abuela en la cocina, haciendo una de sus deliciosas comidas. El carretero apuró a su caballo, porque notó que yo estaba ansiosa por arribar a mi destino.

Entré sin hacer ruido. Dejé mis bolsones en la puerta y fui hasta el fondo buscando a mi abuela. La abracé por detrás mientras lloraba emocionada. Ella no necesitó darse vuelta para saber que era yo. La sentí pequeñita, encogida, entregada al paso del tiempo.

Nos abrazamos sin decir nada. Sólo nos abrazamos. Luego, me llevó de la mano hasta la que era mi habitación y nos sentamos sobre la cama a llorar de alegría, por el reencuentro.

Papá llegó después, y se quedó sin palabras cuando me vio sentada en la mesa, almorzando con mi abuela. *-Mbaeichapa che rajy? -me saludó y vi cómo le caían las lágrimas.

Después de mucho tiempo volví a sentirme feliz. Me quedé durante dos semanas. Abuela estaba con problemas urinarios y me encargué de llevarla al médico y cuidarla durante esos días. Papá se veía contento con mi presencia, dejando de hacer algunas de sus tantas tareas para permanecer más tiempo con nosotras.

La huerta de mi abuela estaba llena de hortalizas, limones, batatas y sandías pequeñas. La casita estaba pinta­da de celeste claro y el río seguía allí, plateado y hermoso como lo recordaba.

Casi no hablamos de mi madre en todos esos días. Sí les conté de mis trabajos por la mañana, las presentaciones nocturnas y mi casita en la villa. Claro, no les dije que estaba ubicada en un sitio como ése, para no preocuparles. Fue muy difícil volver a separarnos, pero creo que nos hizo muy bien a los tres ese reencuentro. Papá me llenó de atenciones, y abuela no paraba de reír por cualquier mo­tivo. Nos volvimos a distanciar, pero esta vez la despedida fue diferente.

*¿Qué tal mi hija?

Publicado en Donde el rio me lleve (2012) de la Colección Biblioteca para jóneves.