lunes, 18 de mayo de 2020

Minero Sapukái


            La explotación de la yerba-mate descansa en la esclavitud, el tormento y el asesinato.

Rafael Barrett

En 1908, Rafael Barrett denunciaba con vigor y precisión, en su libelo titulado Lo que son los yerbales, la vergonzosa explotación y penurias de los mensú. Con este nombre eran conocidos los empleados de las empresas extractoras de yerba mate, entre ellas las Industrial Paraguaya y la Matte Larangeira, que los sometía a un régimen de vergonzosa servidumbre. Eran llamados mensú, como apócope de mensualeros, periodicidad de la remuneración que recibían. También se los conocía como mineros, de ahí el título del poema. Al sitio de la explotación yerbatera se lo llamaba mina y el peón minero. “La Cámara de Apelación paraguaya –dice Barrett- ha opinado que el yerbal es una mina. Esta designación terrible es más elocuente que todo. Sí: hay minas al aire y a la luz del sol. El hombre desaparece sepultado bajo la codicia del hombre.” (1)

Los mensú eran reclutados en distintos pueblos del país y regiones vecinas, se les adelantaba una suma determinada de dinero, que atizaba el interés del desgraciado, a quien hacían firmaban un contrato ante el Juez de Paz de esa comunidad, lo que constituía, sin exagerar, una verdadera condena a muerte. Entre las leoninas condiciones estaba la de no abandonar el obraje mientras existan deudas con la empresa (el adelanto devengaba intereses usuarios). Además, como tenían que proveerse de alimentos y ropas, de la misma empresa que los contrataba, a precios excesivos que no se compadecían de la pésima calidad de los productos, terminaban adeudándose cada vez más, pues el magro ingreso no alcanzaba a cubrir siquiera sus costos de subsistencia.

Como jamás terminaba de pagar sus deudas nunca podía librarse de ese yugo, de cargar fardos enormes, de hasta ochenta kilos, por la inmensidad de la selva que los devoraba, de soportar los azotes del capataz, las enfermedades, la fatiga y el mal sueño a causa de la humedad, los mosquitos y las serpientes que flagelaban el miserable campamento donde eran hacinados estos despojos humanos. Miles han muerto con padecimientos que hoy son difíciles de dimensionar. Los que escapaban eran cazados como presas y devueltos a su presidio cuando no asesinados impunemente.


Inútil era requerir auxilio de la autoridad, quien por el contrario estaba vendida a los explotadores, los jefes políticos o jueces de paz eran, en la práctica, empleados de la Industrial Paraguaya o de la Matte Larangeira, verdaderos cómplices de los capangas (llamados también habilitados) que iban tras el peón fugado procurando su captura, para someterle después a castigos peores o sencillamente, asesinarle a balazos, para que sirva de ejemplo. ¿Qué esperanza tenían de escapar unos hombres sin fuerzas, enfermos, casi sin vida? En la interminable selva nadie los ayudaría y un intento fallido de fuga era duramente expiado. Por eso la mayoría se resignaba a pasar sus dolorosos días en la mina, de dónde miles no han vuelto jamás. En la práctica la encomienda seguía vigente, pues, estas arcaicas técnicas de producción yerbatera tienen en efecto origen colonial, periodos en que los indios fueron diezmados a causa de esa labor, que constituía una de las actividades económicas principales del Paraguay, cuyos límites fueron alterados después de la Guerra contra la Triple Alianza, que dividió también los yerbales entre paraguayos, argentinos y brasileños.
Teodoro Mongelós en Minero Sapukái describe ese suplicio estoico de los mensú, quienes con gritos de aparente euforia buscan disipar las interminables horas de trabajo: Ayvu ha ãhóme anga ogueroja barbacuágui mborovire [con suspiros y ruidosamente se transportan del horno las hojas de yerba que han sido cocidas].

El barbacuá es un horno rudimentario de ladrillos y tierra roja, abundante en la zona, donde se cuecen las hojas de la yerba mate, traídas hasta ahí en pesados fardos(2) sobre las espaldas desnudas del mensú, recorriendo varios kilómetros. Estas hojas secadas y cocidas en dicho horno eran luego desmenuzadas en una especie de molino denominado cancheadora. Las hojas luego de triturarse pasaban a llamarse mboroviré, que es el producto semi-elaborado. Por último, se traslada el mboroviré al depósito para su estacionamiento.

Como los esclavos de las plantaciones de algodón, en los quebrachales, en los ingenios azucareros o en los bosques de extracción de caucho, los mineros tratan de sobrellevar ese castigo, que no saben a qué dios cruel atribuir, no con el desahogo del llanto sino a gritos, con variados y musicales gritos, canciones en guaraní o simplemente entonando sonidos sin significación alguna pero con mucha fuerza vital: 
sapukái ña hendu opáichagua ha purahéi ava ñe’ê [se escuchan gritos diversos y canciones en guaraní]

Todo el poema se centra en el alivio ruidoso de los mensú, cuyas exclamaciones se pierden en la selva y rompen el silencio: 
Kane’õ ara puku, ku ayvúpe o mbohasa [la fatiga del largo día es disipada con el bullicio]. Quizás haya sido una manera de no pensar, de evadirse de falsas ilusiones y abandonarse a los caprichos del destino.

Al final de la tercera estrofa del poema, Teodoro Mongelós desliza una ironía:  
Ka’atygua no momba’éi ro’y, no ñandúiri pe kane’ô [los peones de la selva no acusan el frío, ni sienten cansancio]. Y no es que estos desgraciados hayan sido inmunes a las adversidades climáticas y a la fatiga, por alguna extraña fortaleza física o espiritual. Mal vestidos como estaban, con harapos, recibían de lleno los rayos de nuestro inclemente sol subtropical tanto como el cortante viendo de las riberas del Paraná, que tajeaban la piel, y para soportar catorce o dieciséis horas de trabajo, poco ayudaba quejarse; se les hacía cuesta arriba la jornada y había que quitar fuerzas de cualquier cosa o de lo único que tenían, su aliento. El grito que compartido era una forma de solidaridad, de socorro.

La jornada en la selva es larga, y lo hacen más larga aún los padecimientos repetidos. 
Hi’ári kuéra opáva kuarahy, ha ayvúpe omba’apo [el sol se pone tras sus espaldas mientras ruidosamente siguen trabajando]

La musicalidad de Minero Sapukái se extiende hasta sus últimos versos que son los más sublimes: 
sapukáipe ñaimo’a hi’âhóva mombyry [pareciera que al gritar arrojan un suspiro a lo lejos]. El poeta aporta una metáfora preciosa donde el suspiro se transforma en grito que se arroja, que se aleja del cuerpo extenuado y del alma oprimida, como una forma de rechazar o disolver todo el dolor que les invade y exhalar así las obstinadas penas, y finalmente, para buscar también de esa manera la libertad, que saben y sienten cada vez más distante.

Texto completo del poema Minero Sapukái (1941), de Teodoro S. Mongelós(3):

            I
Pete ĩ ko’êtimbávo
Che keguýpe ahendu
Koichaite o sapukáirõ
Ka’atýpe mboriahu.

II
Pipu... pipu... pipu... uihahahaha...!
Pipu... pipu... néike... guapo lo mitã
Pipu... pipu... néike... guapo lo mitã
Pipu.. néike.... haihahahaha...!

III
Ayvu ha ãhóme anga ogueroja
Barbacuágui mborovire
Sapukái ña hendu opáichagua
Ha purahéi ava ñe’ê.

IV
Kane’ õ ara puku
Ku ayvúpe o mbohasa.
Ka’atygua no momba’éi ro’y
No ñandúiri pe kane’ô.
           
V
Hi’ári kuéra opáva kuarahy
Ha ayvúpe omba’apo
Sapukáipe ñaimo’a
Hi’âhóva mombyry.

Referencias:

1)   Lo que son los yerbales, publicado en Rafael Barrett - Obras Completas II, RP Ediciones, Asunción – Paraguay, Año 1988, p. 14
2) Estos atados de hojas de yerba eran también conocidos con el nombre de raído.
3)   Extraído del libro Teodoro S. Mongelós – La pluma nunca acallada, de Daniel Torales, editorial Servilibro, Asunción – Paraguay, Año 2009, p. 159.

domingo, 17 de mayo de 2020

Un puñado de tierra - Herib Campos Cervera


Un puñado de tierra                                
de tu profunda latitud;                 
de tu nivel de soledad perenne;                             
de tu frente de greda                   
cargada de sollozos germinales.              
               
Un puñado de tierra,                    
con el cariño simple de sus sales                             
y su desamparada dulzura de raíces.                     
               
Un puñado de tierra que lleve entre sus labios                 
la sonrisa y la sangre de tus muertos.   
               
Un puñado de tierra                      
para arrimar a su encendido número                    
todo el frío que viene del tiempo de morir.                        
               
Y algún resto de sombra de tu lenta arboleda                   
para que me custodie los párpados de sueño.
               
Quise de ti tu noche de azahares;                           
quise tu meridiano caliente y forestal;                  
quise los alimentos minerales que pueblan                        
los duros litorales de tu cuerpo enterrado,                        
y quise la madera de tu pecho.
Eso quise de ti                  
(Patria de mi alegría y de mi duelo)                       
eso quise de ti.                
               
II
               
Ahora estoy de nuevo desnudo.                             
Desnudo y desolado      
sobre un acantilado de recuerdos;                         
perdido entre recodos de tinieblas.                       
Desnudo y desolado;                    
lejos del firme símbolo de tu sangre.                     
Lejos.
               
No tengo ya el remoto jazmín de tus estrellas,                 
ni el asedio nocturno de tus selvas.                       
Nada: ni tus días de guitarra y cuchillos,                              
ni la desmemoriada claridad de tu cielo.                              
               
Sólo como una piedra o como un grito  
te nombro y, cuando busco                       
volver a la estatura de tu nombre,                         
sé que la Piedra es piedra y que el Agua del río                 
huye de tu abrumada cintura y que los pájaros                
usan el alto amparo del árbol humillado
como un derrumbadero de su canto y sus alas.                
               
III
               
Pero así, caminando, bajo nubes distintas;                         
sobre los fabricados perfiles de otros pueblos,                 
de golpe, te recobro.                    
               
Por entre soledades invencibles,
o por ciegos caminos de música y trigales,                          
descubro que te extiendes largamente a mi lado,                            
con tu martirizada corona y con tu limpio                           
recuerdo de guaranias y naranjos.                         
               
Estás en mí: caminas con mis pasos,                 
hablas por mi garganta; te yergues en mi cal                     
y mueres, cuando muero, cada noche.                 
               
Estás en mí con todas tus banderas;                      
con tus honestas manos labradoras                       
y tu pequeña luna irremediable.             
               
Inevitablemente                            
-con la puntual constancia de las constelaciones-,                          
vienen a mí, presentes y telúricas:                         
tu cabellera torrencial de lluvias;                            
tu nostalgia marítima y tu inmensa        
pesadumbre de llanuras sedientas.                       
               
Me habitas y te habito:                
sumergido en tus llagas,                              
yo vigilo tu frente que, muriendo, amanece.                     
               
Estoy en paz contigo;    
ni los cuervos ni el odio               
me pueden cercenar de tu cintura:                        
yo sé que estoy llevando tu Raíz y tu Suma                        
sobre la Cordillera de mis hombros.                      
Un puñado de tierra:     
Eso quise de ti                  
y eso tengo de ti.


Publicado en Ceniza redimida (1950)

jueves, 7 de mayo de 2020

Volví a mirar el río - Milia Gayoso Manzur

Convercé con mis dos patronas y les expliqué que necesitaba viajar a mi país, por unos días. Para una de las casas conseguí un reemplazo, una joven que vivía cerca de mi casita, en la villa. La otra señora dijo que ella ubicaría a una antigua empleada mientras yo regresaba. Ambas me aseguraron que mi lugar me esperaría.

A Remberto no le hizo mucha gracia que desapare­ciera en esos momentos cuando estábamos llenos de com­promisos los fines de semana. Le dije que busque una can­tante sustituta, pero mi compañero argumentó que la gente quería escucharme a mí y no a otra. No me importaron sus quejas. Le pedí a Luisa que me guardara las cosas de cierto valor y candadeé mi casita, con la inquietud de que la po­dían saquear en mi ausencia.

Compré algunos regalos para papá y para abuela y volví a casa en el servicio más rápido del transporte hasta Asunción. Luego tomé otro ómnibus hasta Villa Hayes.

Ya no volví por el río, con la balsa.

En mi ausencia habían construido un puente sobre el río Paraguay, a la altura de la localidad de Remanso. Todo era nuevo para mí. Entramos a Villa Hayes por atrás, desde Asunción. El colectivo ya no pasaba frente a la casita, sino lejos. Tenía que caminar mucho con mis bultos para llegar al puerto. Por el camino, conseguí un carretero que me ayudó con mis bolsos.

Cuando llegué, el paisaje aún estaba igual.

Era cerca del mediodía, y desde lejos pude adivinar a mi abuela en la cocina, haciendo una de sus deliciosas comidas. El carretero apuró a su caballo, porque notó que yo estaba ansiosa por arribar a mi destino.

Entré sin hacer ruido. Dejé mis bolsones en la puerta y fui hasta el fondo buscando a mi abuela. La abracé por detrás mientras lloraba emocionada. Ella no necesitó darse vuelta para saber que era yo. La sentí pequeñita, encogida, entregada al paso del tiempo.

Nos abrazamos sin decir nada. Sólo nos abrazamos. Luego, me llevó de la mano hasta la que era mi habitación y nos sentamos sobre la cama a llorar de alegría, por el reencuentro.

Papá llegó después, y se quedó sin palabras cuando me vio sentada en la mesa, almorzando con mi abuela. *-Mbaeichapa che rajy? -me saludó y vi cómo le caían las lágrimas.

Después de mucho tiempo volví a sentirme feliz. Me quedé durante dos semanas. Abuela estaba con problemas urinarios y me encargué de llevarla al médico y cuidarla durante esos días. Papá se veía contento con mi presencia, dejando de hacer algunas de sus tantas tareas para permanecer más tiempo con nosotras.

La huerta de mi abuela estaba llena de hortalizas, limones, batatas y sandías pequeñas. La casita estaba pinta­da de celeste claro y el río seguía allí, plateado y hermoso como lo recordaba.

Casi no hablamos de mi madre en todos esos días. Sí les conté de mis trabajos por la mañana, las presentaciones nocturnas y mi casita en la villa. Claro, no les dije que estaba ubicada en un sitio como ése, para no preocuparles. Fue muy difícil volver a separarnos, pero creo que nos hizo muy bien a los tres ese reencuentro. Papá me llenó de atenciones, y abuela no paraba de reír por cualquier mo­tivo. Nos volvimos a distanciar, pero esta vez la despedida fue diferente.

*¿Qué tal mi hija?

Publicado en Donde el rio me lleve (2012) de la Colección Biblioteca para jóneves.

sábado, 18 de abril de 2020

La blasfemia y Torquemada - José-Luis Appleyard

El profesor estaba sentado en el corredor de la vieja casa. Vestía un piyama a rayas marrones y calzaba unas finas zapatillas que le habla traído un ex-alumno luego de un viaje al extranjero. El Profesor gozaba de ese descanso que decretaba para sí mismo y que lo llevaba al pueblo del cual sin ser nativo era hijo dilecto. Habla terminado la hora del mate y ahora le tocaba la de la lectura de «La Prensa» de Buenos Aires, diario que recibía con relativo atraso que nada significaba para él, pues no buscaba las últimas noticias sino los sesudos comentarios editoriales y alguna crónica social.
El Profesor se habla recibido de abogado hada muchos años y había ejercido durante algunos años la cátedra de Derechos Reales sin singular éxito, circunstancia que lo movió a retirarse prudentemente antes de que lo retiraran luego de cualquier asonada. Pero el hecho la había valido el título de profesor que había suplantado oportunamente al de doctor en la carrera de los honores jurídicos.
Padre de una familia no muy numerosa para la época -cinco hijos, cuatro mujeres y un varón- habla adquirido por su propia mediocridad, por guardar silencio muy oportunamente y por recordar algunos latínazgos y sentencias jurídicas en el momento oportuno, «M fama de patriarca del Derecho, sobre todo en su pueblo de adopción, donde se transformaba en una especie de figura mayestática muy diferente a la que tenía en la Capital.
El reloj dio la seis de la tarde. El había sido uno de los contribuyentes para la adquisición de ese reloj que desde la torre de la iglesia era el indisimulado orgullo de la parroquia. Los pesados pasos del cura resonaron en la acera. El cura era de origen vasco, fornido y sanguíneo, que gustaba del buen vino y de la buena mesa. Cuando el Profesor estaba en el pueblo no dejaba de visitarlo puntualmente al dar la seis de la tarde.
-¿Cómo le tiene el calor, Profesor?
Lo cacofónico de la pregunta no inmutó al Profesor, quien respondió al saludo.
-Si a mis años no me he acostumbrado, creo que ya nunca me acostumbraré a él, padre. Por favor siéntese.
El cura usaba un amplio guardapolvos de color amarillento que suplantaba la sotana cuando el calor arreciaba. Se sentó con agilidad a pesar de lo voluminoso de su cuerpo. Suspiró y sacando un cigarro de las profundidades de un bolsillo comenzó el rito de encenderlo trabajosamente.
-¿Qué novedades trae la prensa?
-Lo de siempre. Los diarios no hacen más que hablar de la gran crisis mundial. Siguen las quiebras espectaculares y los suicidios. La Liga de las Naciones es un» bolsa de gatos y en Alemania las cosas están que no me gustan nada.
-Dios ilumine a los hombres para que no vayamos a caer en la tentación de una contienda como lo fuera la del 14 -suspiró el cura.
-Por favor, padre. La paz mundial está asegurada por todo lo que resta del siglo. El tratado de Versalles es una garantía a largo plazo. En cuanto al armamentismo, usted que domina el latín sabe cuán cierto es aquello de si vis pacem, para bellum...
-Pero no hay que olvidar, mi querido amigo, que lo mismo se pensaba a principios de 1913 y vino el disparo de Sarajevo y ardió Troya.
-Sí, lo admito, pero las circunstancias eran otras.
Así conversaban el profesor y cura hasta las seis y media, hora en que llegaba el comisario, gran amigo y admirador del profesor, no así del cura, con quien tenían a veces unos enfrentamientos a consecuencia de que la vida privada del guardián del orden y la moralidad no era muy edificante. Con esta segunda visita, Cristiana, la criada de la casa traía puntualmente una mesa de mimbre con una bandeja que contenía cuatro vasitos y una botella de caña.
El Profesor sirvió los vasos y con un gesto invitó a sus visitas a tomarlos. El comisario dijo «¡Salud!» y lo vació de un trago, pasándose el revés de la mano por los labios.
A esa hora parecía que el atardecer estaba aún muy lejano. Pero era una sensación engañosa porque de pronto un rápido crespúsculo traía la noche que caía como inesperada sobre el pueblo y lo sumía en tinieblas.
El comisario luego de haberse enjugado los labios, dio la novedad del día.
-La hija de fia Casimira se escapó con el badulaque de Serafín.
-En eso tenían que terminar -masculló el cura.
-No prejuzgue, padre, usted que ejerce el ministerio divino. El amor es una fuerza muy grande sobre todo en los jóvenes y usted ¿acaso no predica la doctrina del amor?
-Pero ¡qué amor ni qué ocho cuartos -respondió el cura con indignación! Otra palabra tiene y no me ensuciaré los labios para pronunciarla. A la niñita esa la malcriaron o, mejor, no la criaron y éste es el resultado. Dentro de un tiempo aparecerá con la panza en la boca y comenzará así la serie de los hijos con diversos padres, por supuesto, porque Serafín se jacta de acostarse solamente una vez con una mujer y después la cambia.
-Es la naturaleza, padre, es la naturaleza...
El comisario sonrió sin intervenir. Le encantaban esas escenas en las cuales el Profesor ponía contra las cuerdas al cura.
-Profesor, lo que estos dos descocados han hecho constituye un pecado ante los ojos de Dios y de los hombres y no mezcle usted a la naturaleza con el pecado, ¡porque se acerca peligrosamente a la blasfemia!
La sirvienta trajo la lámpara con pantalla de porcelana y la puso discretamente sobre la mesa.
Esa breve interrupción hizo que el Profesor pudiese contener su indignación creciente, pero sólo a medidas:
-Más que un pastor de almas parece ser usted una reedición de Torquemada, corregida y aumentada!
-Calma, calma, profesor, -intervino, conciliador, el comisario.
La respuesta del cura quedó en el aire, al sonar las siete campanadas del reloj. Entonces, poniendo en pie su robusta humanidad la hizo arrodillar, mirando hada la iglesia y mientras las campanas tocaban a Angelus, luego de santiguarse musitó las palabras rituales de la oración, mientras el Profesor y el comisario se ponían respetuosamente de pie. Una persona más contempló la escena desde lejos: era el juez de paz que acudía a la cita vespertina y a quien esperaba el cuarto vaso.
Luego de los saludos de rigor y de tomar asiento, el cura comentó:
-Ha llegado usted oportunamente, señor juez, porque como dice el nombre del cargo que usted ejerce, ha traído, accidentalmente, la paz. Usted y la oración del Angelus han logrado el milagro de contener mi santa indignación.

-¿Qué ha pasado?
-Pues nada, que el profesor me ha comparado con Torquemada...
-¿Y quién es ese?
-Pues nada menos que un gran inquisidor español, cristiano nuevo, cuyo apellido original era Torre Quemada, de origen judío que se dio el lujo dé mandar a la hoguera a centonares de sus antiguos correligionarios -explicó con violencia, el Profesor.
En eso, vino la muchacha a encender la lámpara. Había comenzado a obscurecer. Una suave claridad iluminó el rostro de los contertulios, que callaron mientras duraba la operación.
Cuando se retiró la sirvienta, el cura se aclaró fuertemente la garganta:
-Creo, Profesor, que usted me debe una explicación...
El Profesor, antes de responder, llenó nuevamente los vasitos. Luego, con aire doctoral, dijo:
-Estimado padre, usted sabe perfectamente que yo respeto su investidura sacerdotal. Por eso siento una profunda sorpresa ante el pedido de explicaciones de su parte, siendo yo el agredido de palabra por usted.
-En qué momentos, ¡coño!
-Usted me trató de blasfemo ¿o no?
-Solamente y como sacerdote le dije que tuviera cuidado de relacionar a la naturaleza con el pecado, porque siendo la naturaleza obra de Dios, se infería que el pecado también lo era.
-¿Y acaso no lo es?
-¡Relapsus es! -bramó el cura golpeando fuertemente la mesa de mimbre, tanto que la lámpara perdió el equilibrio y cayó sobre la mesa derramando el kerosén sobre el diario. Este ardió, con pasmosa velocidad y las llamaradas iluminaron la escena con luz trágica, mientras que cuatro sombras trataban de apagar el incendio que había abarcado la mesa, las sillas ayudado por un nuevo combustible, el de la caña, que ardía con mayor fuerza aún hasta que hizo explotar la botella.
Y en medio de todo la voz del cura tronaba: «¡Relapsus es!» ¡Has blasfemado, inconsciente, y éste es el primer castigo de Nuestro Señor!».
Y la voz profunda e indignada del Profesor: «Cállese Torquemada de boquilla, que ahora estará gozando con su elemento favorito!»
Y desde ese atardecer, el cura jamás pisó la casa del profesor.

Publicado en la Revista del Pen Club del Paraguay, N° 3 del año 1979.

jueves, 9 de abril de 2020

Tatacuá - Renée Ferrer

Tatacuá
Nido gigante de hornero.
Tosca tu piel,
abovedado tu cuerpo.
 
Semana Santa se acerca.
La leña ponen a arder
hasta que ardiente y tostada
se te pone la pared.
 
Entonces con gran cuidado
sacan las brasas a un lado.
 
Sobre hojas de banano
de relumbrante verdor
hileras chipá mestizo
entregan a tu calor.
 
Aroma de anís esparcen
sus aros almidonados
bajo la sombra fragante
de retorcidos guayabos.
 
Cuando te quedas vacío,
tatacuá,
se acuna en ti
sueño de maíz cocido.

Publicado en el poemario Campo y cielo

miércoles, 8 de abril de 2020

Guitarra de sembradores - Elvio Romero

Contorno y geografía de sueño y madera,

 tienes, guitarra, soles que encienden la garganta,
 ecos que condecoran la sangre con estruendo,
 el corazón con brazas.
 
 Cristal de miradores aflorando en el pecho
 vena de nuestra voz, terrón arrebatado,
 endurecida gota de arboledas sonoras
 de tórrido remanso.
 
 Tienes una armadura de forestal silencio
 y áridas bocanadas de áridos desiertos
 golpeándonos por dentro con sus sordos secretos
 de arpegios incendiados.

 Veo en las madrugadas duras manos que cogen
 tu cuerpo hasta apretarlo contra su cuerpo duro,
 desembocando en él para empezar el día
 con vértigo profundo

 Son como marejadas que llegan a ribera
 y extienden en responso sus olas mas feroces.
 Litoral de madera: tu caja es una orilla
 donde cantan los hombres.

  Dejan allí sus venas, su amor, de cara al viento,
 orlados por el sol que las raíces quema,
 mientras van arrojando semillas con las manos
 en las amargas tierras.

 Que tienen la epidermis soleada y te enamoran
 con áspera caricia, con raptos torrenciales,
 y te dejan sus nervios, su corazón, sus huesos,
 y su canto anhelante.

  Hace falta tocar, coger la mas profunda
fibra de hervor caliente o sol desparramado,
 para tener la boca ardiente y encendida
 y seguir caminando.

  Firmes manos te toman de la firme cintura,
 firmes manos de suave sudor de antigua sangre,
 con una vocación de acuchillar tristezas
 besando sus cordajes.

 Son hombres que perforan su pecho con tu caja
 para enterrarte en él como en rojo relámpago,
 hasta que allí te envuelva su cotidiana fiebre
 de sueño y de arrebato.
 Son hombres todos llenos de relente y boscaje
 cálices de la vida, generosos y fuertes,
 que cantan y te sientes y están amaneciendo,
 que gritan y te sienten.

  Toca, guitarra, plena, amanecida, toca
 la cuerda popular, la más caliente y densa,
 aunque rompa tu cuerpo sonoro su mensaje,
 su vibración tremenda.

  Y entonces cuando vistas ese ardiente ropaje
 de las cosas que tienen color de nuestros actos,
 pondré tu arquitectura de madera profunda
 sobre el pecho, cantando.

Gallinas - Rafael Barrett

Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada.

La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llena para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.

Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas el intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.

¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí. Antes era un hombre. Ahora soy un propietario...

Publicado en El Nacional el 5 de julio de 1910