sábado, 18 de abril de 2020

La blasfemia y Torquemada - José-Luis Appleyard

El profesor estaba sentado en el corredor de la vieja casa. Vestía un piyama a rayas marrones y calzaba unas finas zapatillas que le habla traído un ex-alumno luego de un viaje al extranjero. El Profesor gozaba de ese descanso que decretaba para sí mismo y que lo llevaba al pueblo del cual sin ser nativo era hijo dilecto. Habla terminado la hora del mate y ahora le tocaba la de la lectura de «La Prensa» de Buenos Aires, diario que recibía con relativo atraso que nada significaba para él, pues no buscaba las últimas noticias sino los sesudos comentarios editoriales y alguna crónica social.
El Profesor se habla recibido de abogado hada muchos años y había ejercido durante algunos años la cátedra de Derechos Reales sin singular éxito, circunstancia que lo movió a retirarse prudentemente antes de que lo retiraran luego de cualquier asonada. Pero el hecho la había valido el título de profesor que había suplantado oportunamente al de doctor en la carrera de los honores jurídicos.
Padre de una familia no muy numerosa para la época -cinco hijos, cuatro mujeres y un varón- habla adquirido por su propia mediocridad, por guardar silencio muy oportunamente y por recordar algunos latínazgos y sentencias jurídicas en el momento oportuno, «M fama de patriarca del Derecho, sobre todo en su pueblo de adopción, donde se transformaba en una especie de figura mayestática muy diferente a la que tenía en la Capital.
El reloj dio la seis de la tarde. El había sido uno de los contribuyentes para la adquisición de ese reloj que desde la torre de la iglesia era el indisimulado orgullo de la parroquia. Los pesados pasos del cura resonaron en la acera. El cura era de origen vasco, fornido y sanguíneo, que gustaba del buen vino y de la buena mesa. Cuando el Profesor estaba en el pueblo no dejaba de visitarlo puntualmente al dar la seis de la tarde.
-¿Cómo le tiene el calor, Profesor?
Lo cacofónico de la pregunta no inmutó al Profesor, quien respondió al saludo.
-Si a mis años no me he acostumbrado, creo que ya nunca me acostumbraré a él, padre. Por favor siéntese.
El cura usaba un amplio guardapolvos de color amarillento que suplantaba la sotana cuando el calor arreciaba. Se sentó con agilidad a pesar de lo voluminoso de su cuerpo. Suspiró y sacando un cigarro de las profundidades de un bolsillo comenzó el rito de encenderlo trabajosamente.
-¿Qué novedades trae la prensa?
-Lo de siempre. Los diarios no hacen más que hablar de la gran crisis mundial. Siguen las quiebras espectaculares y los suicidios. La Liga de las Naciones es un» bolsa de gatos y en Alemania las cosas están que no me gustan nada.
-Dios ilumine a los hombres para que no vayamos a caer en la tentación de una contienda como lo fuera la del 14 -suspiró el cura.
-Por favor, padre. La paz mundial está asegurada por todo lo que resta del siglo. El tratado de Versalles es una garantía a largo plazo. En cuanto al armamentismo, usted que domina el latín sabe cuán cierto es aquello de si vis pacem, para bellum...
-Pero no hay que olvidar, mi querido amigo, que lo mismo se pensaba a principios de 1913 y vino el disparo de Sarajevo y ardió Troya.
-Sí, lo admito, pero las circunstancias eran otras.
Así conversaban el profesor y cura hasta las seis y media, hora en que llegaba el comisario, gran amigo y admirador del profesor, no así del cura, con quien tenían a veces unos enfrentamientos a consecuencia de que la vida privada del guardián del orden y la moralidad no era muy edificante. Con esta segunda visita, Cristiana, la criada de la casa traía puntualmente una mesa de mimbre con una bandeja que contenía cuatro vasitos y una botella de caña.
El Profesor sirvió los vasos y con un gesto invitó a sus visitas a tomarlos. El comisario dijo «¡Salud!» y lo vació de un trago, pasándose el revés de la mano por los labios.
A esa hora parecía que el atardecer estaba aún muy lejano. Pero era una sensación engañosa porque de pronto un rápido crespúsculo traía la noche que caía como inesperada sobre el pueblo y lo sumía en tinieblas.
El comisario luego de haberse enjugado los labios, dio la novedad del día.
-La hija de fia Casimira se escapó con el badulaque de Serafín.
-En eso tenían que terminar -masculló el cura.
-No prejuzgue, padre, usted que ejerce el ministerio divino. El amor es una fuerza muy grande sobre todo en los jóvenes y usted ¿acaso no predica la doctrina del amor?
-Pero ¡qué amor ni qué ocho cuartos -respondió el cura con indignación! Otra palabra tiene y no me ensuciaré los labios para pronunciarla. A la niñita esa la malcriaron o, mejor, no la criaron y éste es el resultado. Dentro de un tiempo aparecerá con la panza en la boca y comenzará así la serie de los hijos con diversos padres, por supuesto, porque Serafín se jacta de acostarse solamente una vez con una mujer y después la cambia.
-Es la naturaleza, padre, es la naturaleza...
El comisario sonrió sin intervenir. Le encantaban esas escenas en las cuales el Profesor ponía contra las cuerdas al cura.
-Profesor, lo que estos dos descocados han hecho constituye un pecado ante los ojos de Dios y de los hombres y no mezcle usted a la naturaleza con el pecado, ¡porque se acerca peligrosamente a la blasfemia!
La sirvienta trajo la lámpara con pantalla de porcelana y la puso discretamente sobre la mesa.
Esa breve interrupción hizo que el Profesor pudiese contener su indignación creciente, pero sólo a medidas:
-Más que un pastor de almas parece ser usted una reedición de Torquemada, corregida y aumentada!
-Calma, calma, profesor, -intervino, conciliador, el comisario.
La respuesta del cura quedó en el aire, al sonar las siete campanadas del reloj. Entonces, poniendo en pie su robusta humanidad la hizo arrodillar, mirando hada la iglesia y mientras las campanas tocaban a Angelus, luego de santiguarse musitó las palabras rituales de la oración, mientras el Profesor y el comisario se ponían respetuosamente de pie. Una persona más contempló la escena desde lejos: era el juez de paz que acudía a la cita vespertina y a quien esperaba el cuarto vaso.
Luego de los saludos de rigor y de tomar asiento, el cura comentó:
-Ha llegado usted oportunamente, señor juez, porque como dice el nombre del cargo que usted ejerce, ha traído, accidentalmente, la paz. Usted y la oración del Angelus han logrado el milagro de contener mi santa indignación.

-¿Qué ha pasado?
-Pues nada, que el profesor me ha comparado con Torquemada...
-¿Y quién es ese?
-Pues nada menos que un gran inquisidor español, cristiano nuevo, cuyo apellido original era Torre Quemada, de origen judío que se dio el lujo dé mandar a la hoguera a centonares de sus antiguos correligionarios -explicó con violencia, el Profesor.
En eso, vino la muchacha a encender la lámpara. Había comenzado a obscurecer. Una suave claridad iluminó el rostro de los contertulios, que callaron mientras duraba la operación.
Cuando se retiró la sirvienta, el cura se aclaró fuertemente la garganta:
-Creo, Profesor, que usted me debe una explicación...
El Profesor, antes de responder, llenó nuevamente los vasitos. Luego, con aire doctoral, dijo:
-Estimado padre, usted sabe perfectamente que yo respeto su investidura sacerdotal. Por eso siento una profunda sorpresa ante el pedido de explicaciones de su parte, siendo yo el agredido de palabra por usted.
-En qué momentos, ¡coño!
-Usted me trató de blasfemo ¿o no?
-Solamente y como sacerdote le dije que tuviera cuidado de relacionar a la naturaleza con el pecado, porque siendo la naturaleza obra de Dios, se infería que el pecado también lo era.
-¿Y acaso no lo es?
-¡Relapsus es! -bramó el cura golpeando fuertemente la mesa de mimbre, tanto que la lámpara perdió el equilibrio y cayó sobre la mesa derramando el kerosén sobre el diario. Este ardió, con pasmosa velocidad y las llamaradas iluminaron la escena con luz trágica, mientras que cuatro sombras trataban de apagar el incendio que había abarcado la mesa, las sillas ayudado por un nuevo combustible, el de la caña, que ardía con mayor fuerza aún hasta que hizo explotar la botella.
Y en medio de todo la voz del cura tronaba: «¡Relapsus es!» ¡Has blasfemado, inconsciente, y éste es el primer castigo de Nuestro Señor!».
Y la voz profunda e indignada del Profesor: «Cállese Torquemada de boquilla, que ahora estará gozando con su elemento favorito!»
Y desde ese atardecer, el cura jamás pisó la casa del profesor.

Publicado en la Revista del Pen Club del Paraguay, N° 3 del año 1979.

jueves, 9 de abril de 2020

Tatacuá - Renée Ferrer

Tatacuá
Nido gigante de hornero.
Tosca tu piel,
abovedado tu cuerpo.
 
Semana Santa se acerca.
La leña ponen a arder
hasta que ardiente y tostada
se te pone la pared.
 
Entonces con gran cuidado
sacan las brasas a un lado.
 
Sobre hojas de banano
de relumbrante verdor
hileras chipá mestizo
entregan a tu calor.
 
Aroma de anís esparcen
sus aros almidonados
bajo la sombra fragante
de retorcidos guayabos.
 
Cuando te quedas vacío,
tatacuá,
se acuna en ti
sueño de maíz cocido.

Publicado en el poemario Campo y cielo

miércoles, 8 de abril de 2020

Guitarra de sembradores - Elvio Romero

Contorno y geografía de sueño y madera,

 tienes, guitarra, soles que encienden la garganta,
 ecos que condecoran la sangre con estruendo,
 el corazón con brazas.
 
 Cristal de miradores aflorando en el pecho
 vena de nuestra voz, terrón arrebatado,
 endurecida gota de arboledas sonoras
 de tórrido remanso.
 
 Tienes una armadura de forestal silencio
 y áridas bocanadas de áridos desiertos
 golpeándonos por dentro con sus sordos secretos
 de arpegios incendiados.

 Veo en las madrugadas duras manos que cogen
 tu cuerpo hasta apretarlo contra su cuerpo duro,
 desembocando en él para empezar el día
 con vértigo profundo

 Son como marejadas que llegan a ribera
 y extienden en responso sus olas mas feroces.
 Litoral de madera: tu caja es una orilla
 donde cantan los hombres.

  Dejan allí sus venas, su amor, de cara al viento,
 orlados por el sol que las raíces quema,
 mientras van arrojando semillas con las manos
 en las amargas tierras.

 Que tienen la epidermis soleada y te enamoran
 con áspera caricia, con raptos torrenciales,
 y te dejan sus nervios, su corazón, sus huesos,
 y su canto anhelante.

  Hace falta tocar, coger la mas profunda
fibra de hervor caliente o sol desparramado,
 para tener la boca ardiente y encendida
 y seguir caminando.

  Firmes manos te toman de la firme cintura,
 firmes manos de suave sudor de antigua sangre,
 con una vocación de acuchillar tristezas
 besando sus cordajes.

 Son hombres que perforan su pecho con tu caja
 para enterrarte en él como en rojo relámpago,
 hasta que allí te envuelva su cotidiana fiebre
 de sueño y de arrebato.
 Son hombres todos llenos de relente y boscaje
 cálices de la vida, generosos y fuertes,
 que cantan y te sientes y están amaneciendo,
 que gritan y te sienten.

  Toca, guitarra, plena, amanecida, toca
 la cuerda popular, la más caliente y densa,
 aunque rompa tu cuerpo sonoro su mensaje,
 su vibración tremenda.

  Y entonces cuando vistas ese ardiente ropaje
 de las cosas que tienen color de nuestros actos,
 pondré tu arquitectura de madera profunda
 sobre el pecho, cantando.

Gallinas - Rafael Barrett

Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada.

La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llena para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.

Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas el intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.

¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí. Antes era un hombre. Ahora soy un propietario...

Publicado en El Nacional el 5 de julio de 1910